LUIS ZORZ POR OSCAR CONDE Y MATIAS MAURICIO

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ARTICULO 1 : LUIS ZORZ HOMENAJE DE OSCAR CONDE Y MATIAS MAURICIO Compartimos textos de los Académicos Oscar Conde y Matias Mauricio sobre el fileteador Luis Zorz, pronunciados en el Plenario Público del 15 de abril de 2019. BIOGRAFIA DE LUIS ZORZ Por Oscar Conde

Hijo de inmigrantes italianos, Luis Zorz nació el 17 de julio de 1932 en el barrio porteño de Flores Sur. Sin embargo, casi toda su vida fue vecino de Villa Lugano. Allí también se instaló con su esposa, María Carmela Agati, cuando se casaron en 1961, y allí nacieron sus dos hijos: Claudia y Sergio. Hace casi una década vive en el barrio de Parque Patricios. Desde los 12 años aprendió el oficio de letrista y, en forma paralela, el arte del fileteado. Este último de la mano de dos grandes maestros de estilos casi opuestos: Carlos Carboni y León Untroib, quienes también fueron sus grandes amigos. Zorz desplegó su arte en distintos soportes: primero, en forma anónima, en carros, camiones y colectivos; luego, con sus dos firmas —la que utilizó en su juventud fue “Luisito”— trabajó sobre lajas, tablas, muebles, instrumentos musicales y, excepcionalmente, también sobre telas y calzado. Así, a lo largo de los años, produjo una gran cantidad de obra, que puede apreciarse en lugares públicos, como el Café Tortoni, la Esquina Homero Manzi de San Juan y Boedo, los restaurantes Plaza Mayor y Campo dei Fiori (ambos, en la esquina de San José y Venezuela), el Museo de la Ciudad y la Academia Porteña del Lunfardo. Existe además una obra de Zorz más bien anónima, que puede admirarse en lugares tan disímiles como las guitarras de León Gieco, los zapatos del bailarín Juancito Averna o las ilustraciones de la enciclopedia Los Grandes del Tango, editada en 180 fascículos a comienzos de los años ’90. Asimismo, en distintos bares, esquinas y lugares emblemáticos de Buenos Aires es posible admirar alguna de las más de 200 placas recordatorias de artistas populares fileteadas por Zorz para recordar a figuras de la talla de Mercedes Simone, Sebastián Piana, Osvaldo Pugliese, Enrique Santos Discépolo y Leónidas Barletta, entre tantísimas otras. Solo en la calle Boedo hay más de cincuenta. Su obra ha sido expuesta, tanto en muestras colectivas como individuales organizadas por la Agrupación Impulso, la agrupación luganense Gente de Artes y Letras, el Museo de la Ciudad, el museo Casa de Yrurtia, la Secretaría de Cultura de San Isidro, el Café Tortoni, el Banco de la Provincia de Buenos Aires, la Academia Porteña del Lunfardo, el Centro Galicia y muchas más. En julio y agosto de 2002, en esta misma Academia, se presentó la muestra Luis Zorz fileteador. Entre otros importantes reconocimientos y premios, recibió la Orden del Tornillo (1973) de manos de Benito Quinquela Martín, la Orden del Plata (1982) del Ateneo Cultural de San Justo, la Orden del Porteño (1995) de la Asociación Gardeliana y la Orden del Pincel (2015) de la Asociación de Fileteadores. En 2007 fue designado miembro de la Cofradía de la Orden del Lengue. Por su parte, la Dirección General de Patrimonio de la ciudad le otorgó dos importantes distinciones: en 2005, el diploma de Artífice del Patrimonio de Buenos Aires y, en 2008, el diploma de Patrimonio viviente de la UNESCO. En 2011, la Legislatura de Ciudad Autónoma de Buenos Aires lo nombró Personalidad Destacada de la Cultura y, en 2016, la Academia Porteña del Lunfardo lo eligió Académico Honoris Causa.


LUIS ZORZ / EL FILETEADOR DE LOS PORTEÑOS Por Matias Mauricio


Luis Zorz es una ración de los porteños. Con apenas doce años se inventó un oficio: pintor de letras, luego –por arrebato de la imaginación– fileteador. Benito Quinquela Martín le concedió “La Orden del Tornillo” símbolo que premia a los locos de espíritu. León Untroib y Carlos Carboni fueron sus maestros. Tuvo su taller en Balbastro 6138 –un galpón de 20 x 6 al fondo de su antigua casa de Villa Lugano–. Coleccionó tarros y etiquetas de pinturas, fue amante de los pinceles Carnevale pero los años lo llevaron a inventarse los propios. Fileteó objetos, carros, colectivos, muebles, muros, botellas, ropas, vidrieras, teléfonos, guitarras. Sin miedo a equivocarse Zorz es el artista plástico argentino con mayor obra en la calle, y aunque firme cada uno de sus trabajos, en él se da el juego de todo creador: llegar a ser lo “anónimo”, lo popularmente anónimo. Flaco como Discépolo pero gordo en amigos cultivó la mesa de café para enyuntarse con Julián Centeya, Cesar Tiempo, Roberto Tálice, Edmundo Rivero. No era insólito que Quinquela u otro pintor le cambiara un cuadro, una aguafuerte por una “tablita fileteada”. En las manos de Zorz hay un algo misterioso y en sus ojos pueden leerse los cielos de Udine y Trieste -la patria de sus padres-. Cercano a los noventa años maneja como pocos el silencio de los monjes y lo trenza con viejas palabras en lunfardo. Es incansable, por eso sigue dibujando, y a punta de lápiz y papel, de ornatos y flores, de dragones, gallitos y gorriones, Luis Zorz se convirtió en Luisito… “Luisito el Grande”, acaso uno de los más significativos creadores que dio y dará la historia del filete porteño. Si en alguna esquina de Buenos Aires te lo cruzás, abrazalo, fuerte. Quedan pocos.


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